viernes, 23 de mayo de 2025
jueves, 28 de noviembre de 2024
Charla/coloquio
He preparado una charla/presentación con ese título. Si hay interés, buscaré un local en Villarquemado para poder impartirla. La duración es de aproximadamente dos horas. Pido a los lectores de este blog que den su opinión. No quiero hacer el ridículo de hace un tiempo cuando propuse otra charla sobre cómo superar una entrevista de selección y no se apuntó nadie.
Evaristo Torres Olivas
viernes, 17 de mayo de 2024
Me han invitado el próximo martes a contar cuatro tontadas en el auditorio de San Julián. Lo de intelectual de Villarquemado se lo han inventado, Yo había propuesto "el inútil de Villarquemado".
viernes, 6 de enero de 2023
Mis mejores deseos para el 2023
Ya estoy de vuelta después de las fiestas navideñas. A partir de mañana, vuelvo al escribir en el blog con regularidad. Aprovecho para desear lo mejor a los lectores de estas columnas. Necesitamos salud para poder aguantar a los de siempre en este año de elecciones.
viernes, 2 de diciembre de 2022
Amenazo con volver
Asuntos personales me han tenido alejado del blog. Digo asuntos personales por no decir problemillas médicos y así evitar que el gilipollas anónimo vuelva a escribir que "ojalá te quedes ciego y dejes de dar por culo en el puto blog". A partir del lunes volveré a publicar mis ocurrencias.
Evaristo Torres Olivas
jueves, 30 de junio de 2022
Suspensión de actividad
martes, 21 de junio de 2022
miércoles, 2 de marzo de 2022
Para su conocimiento y efectos
Cuelgo este texto publicado en el Boletín Oficial de la Provincia del pasado 16 de febrero. Que cada cual piense y opine lo que quiera.
Núm. 2022-0471 VILLARQUEMADO
Según el acuerdo adoptado por el Pleno del Ayuntamiento de Villarquemado, en sesión extraordinaria de fecha 10/02/2022, se publica para su general conocimiento, conforme lo siguiente:
2.- DETERMINAR QUE EL ALCALDE DEL AYUNTAMIENTO REALICE SUS FUNCIONES EN REGIMEN DE DEDICACION PARCIAL CON PRESENCIA EFECTIVA EN EL AYUNTAMIENTO.
Visto Providencia de Alcaldía de fecha 08/02/2022, Informe de Secretaría de fecha 08/9/02/2022, MemoriaPropuesta de Alcaldía de fecha 08/02/2022 e Informe Propuesta de Secretaria de fecha 09/02/2022, el Pleno del Ayuntamiento de Villarquemado (Teruel) acuerda por, UNANIMIDAD, lo siguiente:
PRIMERO. Determinar que el cargo de Alcaldía-Presidencia realice sus funciones en régimen de dedicación Parcial por los motivos expuestos en la memoria de alcaldía.
SEGUNDO. Establecer a favor de los miembros de la Corporación que desempeñen sus cargos en régimen de dedicación parcial, las retribuciones que a continuación se relacionan, que se percibirán en doce pagas, y darles de alta en el régimen general de la Seguridad Social, debiendo asumir esta Corporación el pago de las cuotas empresariales que corresponda. El cargo por dedicación parcial de la Alcaldía-Presidencia, percibirá una retribución anual bruta de 18.000 euros.
TERCERO. Publicar de forma íntegra en el Boletín Oficial de la Provincia el Acuerdo del Pleno, a los efectos de su general conocimiento.
CUARTO. Notificar dicho Acuerdo a los interesados y al Servicio de personal e intervención para su conocimiento y efectos.
En Villarquemado, a 11/02/2022.- El Alcalde-Presidente, D. Federico Serrano Paricio.
martes, 1 de marzo de 2022
Volveré
He estado unos días sin escribir y aún seguiré una semana más sin hacerlo. Revisiones médicas y asuntos familiares me han tenido ocupado. Volveré pronto, y no es una amenaza, para hablar de Putin, Ayuso, Egea y Casado y de Samuel Morón, cuyos artículos infumables en el Diario de Teruel se han convertido en mi libro de cabecera.
lunes, 3 de enero de 2022
Año Nuevo
No es el destino, sino el viaje. Salud Espero que cada día de 2022 sea un gran viaje lleno de aventuras y grandes experiencias. Año Nuevo, vida nueva. Pero siempre contigo. Deseo que tengas un año increíble, que descubras tus pasiones y te arriesgues a seguirlas 365días, 365 nuevas oportunidades. Un brindis por las cosas buenas que nos han sucedido y por las malas Salud que nos han ayudado a crecer y a ser más fuertes. Para este nuevo año te deseo tanta como agua tiene el mar, tanto amor como estrellas tiene el cielo y tanta suerte como arena tiene el desierto. Espero queSalud en este nuevo año tu rutina se convierta en una aventura, tus enfados en enormes sonrisas y tus tristezas en grandes esperanzas . Que jamás te falte un sueño por cumplir, un proyecto que realizar, algo de lo que aprender y alguien a quien amar. ¿Tienes algún sueño incumplido este año? Bien, pues ya tienes una meta ¡Feliz Año Nuevo a los lectores de este blog! que alcanzar en 2022. ¡Feliz año!2022 puede ser el principio de todo lo que tú quieras. ¡A por un nuevo año! Cuando le queden pocos segundos a este año que termina, cierra los ojos y pide un deseo, que yo haré lo mismo Mi deseo es que todos los tuyos Salud se cumplan. Cuando recibas este mensaje, cierra los ojos e imagina los momentos más felices de tu vida. Eso es lo que deseo para ti, ¡un año lleno de felicidad! Cierra los ojos, piensa en todo lo que te hizo sonreír en el año que termina y olvídate de lo demás. Ojalá esas sonrisas se multipliquen por mil. Deseo que el nuevo año 2022 venga Salud envuelto en papel de felicidad para ti. Te deseo que seas muy feliz en este año que comienza, tanto que no sepas si vives o sueñas.
Evaristo Torres Olivas
jueves, 11 de noviembre de 2021
martes, 5 de octubre de 2021
miércoles, 2 de junio de 2021
Feliz verano
Durante un tiempo, este blog permanecerá inactivo. Necesito recuperarme de una reciente operación. Feliz verano a todas las personas que me leen.
lunes, 24 de mayo de 2021
La chispa de la vida frente a la alpargata
Otra de las obsesiones de mi madre cuando vivíamos en Canadá, además de llevarme hecho un pincel con camisas blancas y pantalones de tergal, era la de comer como Dios manda, según sus palabras. Y Dios mandaba que se comiera lentejas con arroz, garbanzos, pollo guisado, estofado de carne y paella los domingos. De postre, fruta fresca y, en cumpleaños y ocasiones especiales, bizcocho o flan caseros. Para beber, agua del grifo. Algo muy diferente de lo que comían mis amigos canadienses cuando alguna vez me invitaban: pizza, pollo Kentucky y hamburguesas de McDonald´s. Coca-Cola y Seven Up. Marranadas, sentenciaba mi madre cuando se lo contaba. Muchos años más tarde, cuando las cadenas de comida rápida se establecieron en España, mi madre que ya vivía en Teruel seguía en sus trece: que la comida rápida es una porquería. Yo, por el contrario, hasta fechas no muy lejanas, me atiborré de todo lo que a mi madre le repugnaba, seguramente como consecuencia de las privaciones de mi infancia, de la manía de mi madre de obligarme a comer pollo guisado con verduras en lugar del suculento pollo frito Kentucky con patatas fritas para chuparse los dedos o una deliciosa pizza de cuatro quesos y dos latas de Coca-Cola, la chispa de la vida. Yo creo que el fallo de mi madre y de otras muchas madres estaba en que no sabían hacer buena publicidad de sus productos. Mientras las grandes marcas de comida y bebida nos engatusaban con frases como “el secreto está en la masa”, “destapa la felicidad”, “¡A que no puedes comer solo una!, “despierta a la vida” o “con el cariño de siempre”, en casa nos decían otras que, en lugar de hacernos felices, nos atemorizaban: “Cómete las lentejas o te quedas una semana sin tele”, “no me hagas quitarme la alpargata, termina los garbanzos”. Además, la comida rápida tenía una ventaja muy grande: llamabas por teléfono y te la traían a casa en menos de media hora, mientras que la comida de la madre había que ir al mercado, cargar con las bolsas, pasarte horas en la cocina y llenarlo todo de grasas y olores raros. Noto que me hago viejo porque ahora prefiero el pollo guisado al estilo de mi madre antes que las hamburguesas de McPollo.
Evaristo Torres Olivas
miércoles, 19 de mayo de 2021
De pincel a escobilla
Mediados de los sesenta. París. Yo tenía diez años. Nuestra casa de alquiler: una habitación de apenas veinte metros cuadrados. No teníamos baño, ni televisión, pero fui feliz al noventa y cinco por ciento. El cinco por ciento que faltaba fue culpa de mi madre y su manía por llevarme como un pincel. Así llamaba ella a vestirme con unos pantalones de tergal y una camisa blanca, o un traje que me hacían a medida todos los años durante las vacaciones de agosto en el pueblo. El traje de los domingos. Mientras, mis amigos vestían vaqueros y camisa de flores, algo que a mi madre le parecía de mal gusto. Frente a vestir como un pincel, lo de los vaqueros era ir de brocha gorda o de mocho de fregona. En resumen, de lunes a sábado pantalones de tergal y camisa blanca y los domingos, traje a medida de los sastres de mi pueblo, los Elíos. Cuando nos mudamos a vivir a Montreal, Canadá, la cosa no mejoró y los vaqueros seguían siendo para mi madre ropa de gente desharrapada. Mi señora madre era una maestra en el uso de las falacias argumentativas. Cuando le preguntaba por qué decía que esa ropa era propia de andrajosos, su respuesta era que porque lo decía todo el mundo. ¿Y quién es todo el mundo? Pues el tío Antonio y la tía Laura, sentenciaba. Cuando a los quince años me enviaron interno a un colegio de Zaragoza, lejos de la dictadura materna pude al fin vestir como a mí me gustaba. Ya no iba como un pincel, ni siquiera como una brocha o un mocho: pasé directamente a escobilla de baño. Vaqueros raídos, camisetas descoloridas, zapatillas tricolores y gorras escocesas con pompón. En poco tiempo, de pimpollo y figurín a adefesio. Y ese mal gusto me ha acompañado desde entonces. Durante los años en que debido al trabajo tenía que ir con traje y corbata, me sentía como con un disfraz y no dejaba de acordarme de los domingos de París jugando en la calle con el traje a medida de los Elíos. Así que mi recomendación a todas las madres: si queréis que vuestros hijos vayan como un pincel de mayores, obligadles a vestirse como pordioseros: los niños son rebeldes y de mayores harán todo lo contrario de lo que se vieron forzados a hacer en la infancia y adolescencia.
Evaristo Torres Olivas
martes, 18 de mayo de 2021
De todo se aprende
Hay personas que te educan con el buen ejemplo y otras con el mal ejemplo. Y algunas con una mezcla de los dos. Mi padre era de los últimos. Era una persona honesta, trabajadora y responsable. Y esos son buenos ejemplos. Tenía un genio de mil demonios, gritaba por cualquier cosa, discutía e insultaba a los políticos y a los presentadores de la televisión que no eran de su cuerda cuando aparecían en la pantalla. Me trataba como a un adulto y me exigía como a un adulto cuando solo era un niño. Esos son los malos ejemplos. Dejó la escuela a los ocho años para cuidar las ovejas. No tuvo apenas infancia, le obligaron a ser hombre antes de hora. Nunca tuvo juguetes. Yo tampoco. Para él los juguetes eran algo innecesario. Me hacía regalos antes de tiempo, regalos que yo no sabía ni podía apreciar: una máquina de escribir, un globo terráqueo. Como él apenas hablaba francés, cuando vivíamos en Paris a mí me llevaba de intérprete cada vez que tenía que renovar documentos ante la policía o en cualquier otro organismo. Yo tenía nueve o diez años y le acompañaba. A veces, le faltaba algún papel y le pedían que volviera otro día. Yo le traducía lo que me decían y mi padre montaba en cólera, blasfemaba. ¡Cómo iba a perder otro día de trabajo porque le faltaba un puñetero papel!, decía. Yo no podía traducir las barbaridades que gritaba mi padre y aprendí que con educación y buenas palabras se conseguían muchas más cosas, pero mi padre esperaba que contestara en el mismo tono y volumen que lo hacía él. A la salida, camino de casa, me reprochaba que yo era muy blando y que me faltaba mucho por aprender. Del mal ejemplo de mi padre aprendí a ser exigente, pero sin gritar. Aprendí que se consigue más con buenas palabras y educación que a grito pelado, que la negociación es mejor que el enfrentamiento. Quizás el mal ejemplo de mi padre tuvo algo que ver con que me dedicara profesionalmente a los recursos humanos y que siempre buscara el acuerdo antes que el choque frontal. Mediar entre la empresa y los sindicatos era muy similar a hacerlo entre mi padre y la policía francesa. Y en eso tenía experiencia desde niño.
Evaristo Torres Olivas
viernes, 14 de mayo de 2021
Desde Rusia con amor
Todos en mi familia paterna tenían mucho carácter: el abuelo, la abuela, las hermanas y los hermanos. Las reuniones familiares eran un infierno. Gritaban, se insultaban, sacaban a relucir reproches y episodios del año de la polca y se mandaban a freír espárragos. Lo bueno es que no eran rencorosos: al día siguiente se habían olvidado de todo. Hasta el siguiente encuentro. En nuestra casa de Montreal, Canadá, vivíamos en el mismo piso mi madre, mi padre, un hermano de mi padre y yo. Mi padre era el hermano mayor y su hermano, el menor. Mi padre apenas fue a la escuela y mi tío pudo ir hasta los catorce años. Mi padre era muy devoto de Rusia y del comunismo. También de Franco. Bien mirado, entre una dictadura y otra no hay gran diferencia. Mi padre apenas hablaba francés. Mi tío lo hablaba bien. Una tarde estábamos todos viendo la televisión en el salón. En un anuncio de una marca de miel, una voz dice alto y fuerte: Directement de la ruche (directamente de la colmena). Y mi padre, al escucharla, exclama: “¡Ostras, directamente de “la” Rusia!” (no dijo ostras, sino otra palabra que suena peor). Como su nivel de francés era básico, confundía ruche, pronunciado rus, con Rusia, porque, según creía, el francés es igual que el español, pero más corto. Ventana se dice ventán, casa, cas, bicicleta, biciclet y Rusia, rus. El hermano, con la falta de tacto que caracterizaba a la familia, no se pudo contener: “¡Qué Rusia ni qué ocho cuartos, que no te enteras de nada, jopé! ¡Directamente de la colmena!” (no dijo jopé sino otras expresiones malsonantes). Y mi padre le replicó, le insultó y le reprochó que era un desagradecido (dijo otra palabra más fuerte) porque pudo ir a la escuela gracias a que él, su hermano mayor, trabajaba en el campo y cuidaba las ovejas. A lo que el otro le contestó que a mi padre cuando se casó le dieron dinero y a él, no. Mi madre y yo nos fuimos al balcón para no escucharlos. Estuvieron más de media hora lanzándose improperios. A la mañana siguiente, durante el desayuno, todo se había olvidado. Se pasaron el uno al otro, como buenos hermanos, el pan, la leche, la mantequilla y la miel. Directamente de la colmena, de la ruche y de la Rusia.
Evaristo Torres Olivas
jueves, 13 de mayo de 2021
La libreta y la trompeta
Mi abuela, que no sabía escribir, regalaba todos los años lo mismo a sus nietos: una libreta y un lapicero. El cuaderno y el lápiz eran siempre iguales. Mi padre que no sabía música se empeñó en que tenía que aprender a tocar la trompeta. Él había tocado la corneta en la mili y no paraba de repetir que si hubiera podido estudiar habría sido trompetista. Mi abuela, que no sabía escribir, leía una y otra vez El Mensajero de San Antonio y nos contaba historias de santos, que ella adornaba a su manera. San Roque y el perro era mi favorita. También nos hablaba de cuando, de joven, antes de casarse, estuvo un tiempo en Barcelona sirviendo en casa de una familia. Hablaba algo de catalán y recuerdo que repetía con frecuencia que a la ventana la llamaban finestra y julivert al perejil. Tenía una memoria prodigiosa y sabía narrar historias. Siempre he pensado que mi abuela nos regalaba un lápiz y un cuaderno, año tras año, porque quería que nosotros, sus nietos, pudiéramos practicar aquello que ella había deseado y nunca pudo llevar a cabo: escribir. Lo mismo pienso de mi padre. La tabarra para que aprendiera a tocar la trompeta se prolongó durante años hasta que se dio cuenta de que yo no estaba dotado para la música. Aun así, siempre que aparecía algún trompetista en la tele, no dejaba de darnos lecciones sobre la colocación de los labios y la lengua para soplar y el tamaño de los pulmones para poder sonar con fuerza. A mi madre y a mí nos traían sin cuidado la trompeta, el trompetista, los pulmones, los labios y la lengua. Todo lo anterior lo cuento porque no sé si está bien que los padres y abuelos les llenen la cabeza a los hijos y nietos con sus aficiones, deseos y frustraciones o si, por lo contrario, deben dejar que cada uno decida en función de sus capacidades y preferencias. A mi abuela le agradezco que me contara historias y me regalara libretas y lapiceros. Veo una trompeta y me entran sudores fríos. Está claro que me gusta más leer y escribir que el tararí.
Evaristo Torres Olivas
martes, 11 de mayo de 2021
Las mujeres mientras cosían
Admiro a Irene Vallejo. La conocí leyendo sus columnas en Heraldo de Aragón. Desde entonces he leído todo cuanto ha publicado: la recopilación de sus columnas, las novelas y su magnífico El infinito en un junco. Todos los premios que ha recibido son merecidos. Soy adicto a Irene Vallejo. He escuchado sus discursos muchas veces en internet: el del Día de Aragón, el del 50 aniversario de los hospitales Materno Infantil y de Traumatología. Y uno, Las mujeres en la historia de los libros, que me ha hecho recordar a mi abuela materna. Habla Irene Vallejo de las primeras narradoras de historias, las mujeres mientras cosían. Le llama la atención que haya tantos términos en común entre los textos y los textiles: nudo de una historia, desenlace de la narración, hilo del relato, bordar un discurso, urdir una trama. Mi abuela materna era una mujer que no sabía escribir, pero sí leer y hablar muy bien. Lectora de una única publicación, El Mensajero de San Antonio. La recuerdo, junto a las vecinas, sentadas al carasol. Mientras cosían, remendaban viejas ropas, bordaban o hacían ganchillo, contaban historias maravillosas. Sin haber ido a ninguna escuela de oratoria o de teatro, eran expertas en controlar el tono, el volumen, los silencios. Narradoras magníficas, maestras de la oralidad, peritas en provocar emociones. Siempre me llamó la atención esa capacidad expresiva de las mujeres frente a la parquedad y torpeza de los hombres. Quizás tiene que ver con lo que también explica Irene Vallejo, con la faceta procreadora de las mujeres, que además de parir hijos, dan a luz a las palabras. El parto de la narración. Crear y procrear. No me quiero desenganchar de mi adicción a Irene vallejo. Aunque todo el mérito es suyo y no tiene mucho sentido sentirme orgulloso de algo en lo que no he participado, yo siento orgullo de que sea aragonesa. Embajadora de nuestra tierra.
Evaristo Torres Olivas
martes, 16 de febrero de 2021
Mi amigo Gilles
Gilles fue un buen amigo desde los once a los veinte años. Nos conocimos en el colegio, en Montreal, Canadá. Gilles era francés y acababa de llegar a Canadá con sus padres y hermanas. Yo también acababa de llegar a Canadá procedente de París donde había vivido cinco años. Una historia más de la emigración española de los años sesenta. Nos hicimos amigos porque en el colegio inglés al que asistíamos éramos los únicos que al principio no nos entendíamos con el resto de los chicos y chicas y en los recreos Gilles y yo hablábamos en francés. Entre la familia de Gilles y la mía había una gran diferencia: el padre de Gilles era un prestigioso ingeniero que dirigía una gran empresa minera. Vivían en un espectacular chalé con piscina, gruesas alfombras, televisión en color en todas las habitaciones y un garaje con dos cochazos. Mi padre era un obrero en una fábrica y mi madre limpiaba habitaciones en un motel. Vivíamos en un piso modesto, sin alfombras, una televisión en blanco y negro de cuarta mano, sin garaje ni coche. Cuando la familia de Gilles se iba de vacaciones, les cuidaba la casa y el perro y ellos me recompensaban con una buena propina y me trataban con mucho afecto. Con ellos fui a un restaurante por primera vez en mi vida y también por primera y única vez me puse unos esquís cuando me invitaron a su casa en una estación invernal de Les Laurentides Al cumplir los dieciséis años, a Gilles le compraron sus padres un coche y a mí los míos me enviaron a un internado en Zaragoza. Antes de marcharme fuimos con su Toyota amarillo a una discoteca en el centro de la ciudad. Allí besé a un chica por primera vez: sonaba la canción Superstar cantada por Karen Carpenter. Durante cuatro años más nos veíamos los veranos cuando yo viajaba a Montreal para estar con mis padres. Pero un año dejé de ir. Nos escribimos algunas cartas, hasta que dejamos de hacerlo. Eran los años setenta y no teníamos ni internet ni redes sociales. Hace unos diez años, cuando ya internet estaba en todas partes, intenté buscar a mi amigo y tecleé su nombre, el de su padre y el de sus hermanas sin ningún resultado. Que no encontrara a las hermanas era lógico pues se habrían casado y llevarían el nombre del marido; que no apareciera el padre también podría explicarse porque era un hombre ya mayor y seguramente no era muy aficionado a la red. Pero me extrañaba no encontrar a Gilles. Desde entonces, de vez en cuando entraba a ver si tenía alguna cuenta en Facebook o aparecía alguna entrada en el buscador. Sin resultado. Hasta hace una semana. Un obituario de una funeraria de Montreal anunciaba el fallecimiento del padre de mi amigo a los ochenta y cinco años de edad. Añadía la necrología que iba a reunirse con su difunto hijo Gilles, médico psiquiatra fallecido en 1989. ¡A los treinta y tres años! Los nombres de la madre y las hermanas de Gilles también coincidían. No había duda: mi amigo lleva muerto treintaiún años. También he podido encontrar en la red un libro de medicina dedicado a su memoria. Gilles era el director del departamento de psiquiatría de un hospital de Montreal. He rebuscado en todos los álbumes de fotos que conservaban mis padres y solo he encontrado una foto de Gilles. He llorado un buen rato, cuarenta y cinco años después de habernos visto por última vez. Lo he hecho escuchando a Karen Carpenter, que, como Gilles, también murió a los treinta y tres años.
Evaristo Torres Olivas










