“Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto
es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio
y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas
pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo,
lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal
en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa,
que del lado bueno se encarga la oficina de prensa”
-Horacio Verbitsky,
periodista y escritor argentino

domingo, 26 de julio de 2026

El intolerante

Domingo 11 de julio. Pueblo grande cerca de Madrid. Final del Mundial de Fútbol entre España y Argentina. Vaya por delante que no soy un apasionado del deporte. Prefiero que gane España, aunque no me hundo en la miseria si pierde. Me gusta ver algunos partidos rodeado de gente para observar sus reacciones. Vi la final en una terraza, en una pantalla gigante, junto a doscientas personas, mujeres, hombres y niños. Alegrarse por una buena jugada de nuestro equipo es aceptable, enfadarse por las tropelías del “adversario”, también. Pero escuché insultos “a grito pelao”, que no repetiré aquí, durante todo el partido. Todos ellos proferidos por hombres, viejos y jóvenes. Ninguna mujer. Media hora después del final del partido me fui a la cama, pero no pude pegar ojo. No por la emoción de haber ganado sino por los petardos y el sonido de los cláxones de los coches. Hasta las cuatro y media de la mañana. Unas horas en las que muchas personas están en la cama porque al día siguiente han de ir a trabajar, o porque están enfermas y necesitan silencio y tranquilidad. Si a todo eso añadimos que durante la noche posterior al partido las llamadas a emergencias aumentaron un 120%, los mails al mismo servicio de violencia contra las mujeres se incrementaron más el 1 000%, nos podemos percatar de la gravedad del asunto. Pero parece ser que hay unas cosas más importantes que otras. Es más importante gritar, hacer sonar la bocina y los petardos para festejar el gol de Ferran o insultar a Messi y decirle al árbitro que te gusta la fruta que despertar a niños que duermen. Ya se sabe, los críos se despiertan por cualquier nimiedad. Algunos amigos me dicen que soy un intolerante, que total esas cosas no ocurren todos los días sino cada cuatro años y que hacía 16 años que no ganábamos una final.

Evaristo Torres Olivas

viernes, 24 de julio de 2026

Regalo de cortesía personal

A mí no se me ocurre meter en una caja fuerte los regalos de cortesía personal. Reconozco que me han regalado bolígrafos, mochilas y agendas. No los he declarado a Hacienda. Entono el mea culpa: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Al principio, cuando me preguntaban de dónde los había sacado, contestaba que provenían de una herencia. Pero como la conciencia me remordía, decidí contar la verdad: que eran “regalos de cortesía personal”, sin especificar de quién los había recibido. He hecho lo mismo que el expresidente Zapatero, con una salvedad: no meter las cortesías personales en una caja fuerte. La razón está muy clara: mis regalos suman escasamente los cien euros y los de Zapatero están tasados en un millón trescientos mil euros, así, escrito en letras para que se note que es una cantidad muy grande. Para que se entienda mejor: mis regalos representan una parte muy pequeña de mi modesta pensión anual y las cortesías personales a Zapatero suman 16 veces su salario de cuando era presidente del Gobierno. Recomendaría a Zapatero y a su defensor Pedro Sánchez Pérez-Castejón que pusieran las cosas en su sitio. Utilizar las palabras adecuadas ayuda a aclarar las cosas. Si en lugar de “regalo de cortesía”, utilizaran la expresión “indemnización en diferido” o “novación contractual”, los ciudadanos lo entenderíamos mucho mejor. Sería el no va más y el non Plus Ultra. Una versión veraz. O Ferraz.

Evaristo Torres Olivas

domingo, 12 de julio de 2026

Causas del elevado precio de la vivienda

¿Se imaginan lo que podría bajar el precio de la leche si en lugar de indicar en el paquete “leche, lait, milk entera pasterizada” solo dijera “leche”? ¿O el precio de un coche francés si el logo de la Peugeot fuera simplemente Peyó? Pues lo mismo pasaría con el coste de un piso si el Código Técnico de la Edificación no exigiera tener un aparcabicis en las nuevas construcciones. Esto último no lo dice un cualquiera, un mindundi, un ignorante. Son palabras del alcalde de Madrid, el excelentísimo señor don José Luis Martinez-Almeida. Abogado del Estado, una de las oposiciones más exigentes, junto a la de registrador que, dicho sea de paso, aprobó don Mariano Rajoy. La obligatoriedad de tener un lugar para aparcar las bicicletas dispara el precio de una vivienda y eso explica la precariedad que tenemos en estos momentos. Como siga Pedro Sánchez de presidente del Gobierno, me temo que las cosas van a ir a peor. Lo siguiente que exigirá, a propuesta de Rodríguez Zapatero, será la obligatoriedad de que en toda vivienda de nueva construcción haya una caja fuerte de hormigón reforzada con acero blindado para guardar las joyas. Con Almeida o Ayuso al frente del Gobierno, no solo se eliminarían esos caros caprichos, sino que se tomarían medidas efectivas para bajar el precio de un hogar: bajar la altura de los techos cincuenta centímetros, hacer cocinas, duchas y retretes comunitarios (piensen en cuánto costaría un bocadillo de bacon con queso si a los bares se les exigiera tener una cocina y un baño por cada mesa de cuatro personas) y, la más importante, instruir a la ciudadanía sobre las ventajas de dormir de pie, atornillando el colchón a la pared. Con cinturón de seguridad, se entiende. De esa manera, en un piso de 25 metros, que ahora apenas puede alojar a una persona, podrían vivir cómodamente una docena. Simple sentido común. Prioridad nacional.

Evaristo Torres Olivas