Domingo 11 de julio. Pueblo grande cerca de Madrid. Final del Mundial de Fútbol entre España y Argentina. Vaya por delante que no soy un apasionado del deporte. Prefiero que gane España, aunque no me hundo en la miseria si pierde. Me gusta ver algunos partidos rodeado de gente para observar sus reacciones. Vi la final en una terraza, en una pantalla gigante, junto a doscientas personas, mujeres, hombres y niños. Alegrarse por una buena jugada de nuestro equipo es aceptable, enfadarse por las tropelías del “adversario”, también. Pero escuché insultos “a grito pelao”, que no repetiré aquí, durante todo el partido. Todos ellos proferidos por hombres, viejos y jóvenes. Ninguna mujer. Media hora después del final del partido me fui a la cama, pero no pude pegar ojo. No por la emoción de haber ganado sino por los petardos y el sonido de los cláxones de los coches. Hasta las cuatro y media de la mañana. Unas horas en las que muchas personas están en la cama porque al día siguiente han de ir a trabajar, o porque están enfermas y necesitan silencio y tranquilidad. Si a todo eso añadimos que durante la noche posterior al partido las llamadas a emergencias aumentaron un 120%, los mails al mismo servicio de violencia contra las mujeres se incrementaron más el 1 000%, nos podemos percatar de la gravedad del asunto. Pero parece ser que hay unas cosas más importantes que otras. Es más importante gritar, hacer sonar la bocina y los petardos para festejar el gol de Ferran o insultar a Messi y decirle al árbitro que te gusta la fruta que despertar a niños que duermen. Ya se sabe, los críos se despiertan por cualquier nimiedad. Algunos amigos me dicen que soy un intolerante, que total esas cosas no ocurren todos los días sino cada cuatro años y que hacía 16 años que no ganábamos una final.
Evaristo Torres Olivas
