Asistí el pasado martes a la presentación del libro, Una noche de 1947, de Ángeles González-Sinde en el Museo Provincial. Compré el libro y la autora me lo dedicó. Se habló de muchas cosas, entre ellas de la violencia en la posguerra, de la Guardia Civil y su papel en la represión. Hoy las cosas han cambiado, afortunadamente. Ahora veo un guardia civil y me tranquilizo; cuando era niño y adolescente, me moría de miedo. Lo mismo me sucedía con otras dos profesiones: maestro y cura.
En mi infancia, en
casa se hablaba mucho de la paliza que le propinaron varios miembros de la
Guardia Civil a un familiar con las facultades mentales disminuidas. En el bar,
soltó un “cagüen en sos” (ustedes ya me entienden), lo llevaron al cuartel y le
dieron una somanta de golpes. A callar mandan.
Cuando yo tenía seis
años, emigramos a Francia. En la escuela no había clases de religión, ni misas.
Al cumplir los nueve años, mis padres decidieron que debía hacer la Comunión.
En junio, me enviaron a España, al pueblo, para que aprendiera el Catecismo y
comulgar en agosto cuando a ellos les dieran las vacaciones. Contrataron a un
maestro. Su método de enseñanza consistía en decirme qué página debía memorizar
para repetirla al día siguiente. El día que tocaba repetir que los tres
enemigos del alma eran mundo, demonio y carne, le dije al maestro que entendía
lo del mundo y el demonio, pero no que la carne fuera mala. Sopapo y a callar.
A los quince años,
me enviaron a Zaragoza a un colegio interno. El profe de Religión, un cura, nos
habló un día de que Dios era uno y trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Levanté
la mano y dije que no se puede ser tres cosas a la vez, que eso era una
tontería. Tortazo y a callar.
Tanto nos mandaron
callar a fuerza de golpes que durante muchos años yo no abría la boca. Muchos
pensarían que me faltaba un agua o un hervor. Era miedo, “mecachis en la mar”.
Evaristo Torres Olivas


