Recuerdo cuando, de niño, tuve que memorizar el catecismo, aprenderme los diez mandamientos y los pecados del alma. Algunas de estas leyes fundamentales las entendía, otras me confundían. Tenía claro lo de “no matarás” y también lo de “no darás falso testimonio ni mentirás”. De los tres enemigos del alma, dos me parecían lógicos, el mundo y el demonio, pero ¿por qué era mala la carne? Y si lo era, ¿Por qué en casa me obligaban a comerla? Con el paso de los años, y ahora tengo setenta, no he avanzado mucho en la comprensión de estas cosas. Si “abortar es matar a un bebé” y “la eutanasia es un crimen”, no entiendo por qué los mismos que tienen esas convicciones no piensan lo mismo cuando se bombardea un colegio o un hospital y mueren decenas de personas. A estas dos últimas salvajadas no las llaman ni crimen ni matanza sino “daño colateral”, “error de precisión” o “desviación de objetivo”. La utilización de estos eufemismos también me confunde: no tengo claro si son falsos testimonios, mentiras o “verdades alternativas”. Está claro que el problema no está en los demás, sino que yo, solamente yo y nadie más que yo es el culpable. Muchos pensaréis que soy tonto, aunque preferiría que creyeseis que soy corto, simplón, ingenuo, que tengo pocas luces o que me falta un hervor. Tendré que comprarme luces halógenas y meterme en la bañera con agua hirviendo. Espero no desviarme del objetivo.
Evaristo Torres Olivas
