“Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto
es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio
y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas
pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo,
lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal
en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa,
que del lado bueno se encarga la oficina de prensa”
-Horacio Verbitsky,
periodista y escritor argentino

miércoles, 21 de octubre de 2026

El silencio a la fuerza

 Asistí el pasado martes a la presentación del libro, Una noche de 1947, de Ángeles González-Sinde en el Museo Provincial. Compré el libro y la autora me lo dedicó. Se habló de muchas cosas, entre ellas de la violencia en la posguerra, de la Guardia Civil y su papel en la represión. Hoy las cosas han cambiado, afortunadamente. Ahora veo un guardia civil y me tranquilizo; cuando era niño y adolescente, me moría de miedo. Lo mismo me sucedía con otras dos profesiones: maestro y cura.

  En mi infancia, en casa se hablaba mucho de la paliza que le propinaron varios miembros de la Guardia Civil a un familiar con las facultades mentales disminuidas. En el bar, soltó un “cagüen en sos” (ustedes ya me entienden), lo llevaron al cuartel y le dieron una somanta de golpes. A callar mandan.

  Cuando yo tenía seis años, emigramos a Francia. En la escuela no había clases de religión, ni misas. Al cumplir los nueve años, mis padres decidieron que debía hacer la Comunión. En junio, me enviaron a España, al pueblo, para que aprendiera el Catecismo y comulgar en agosto cuando a ellos les dieran las vacaciones. Contrataron a un maestro. Su método de enseñanza consistía en decirme qué página debía memorizar para repetirla al día siguiente. El día que tocaba repetir que los tres enemigos del alma eran mundo, demonio y carne, le dije al maestro que entendía lo del mundo y el demonio, pero no que la carne fuera mala. Sopapo y a callar.

  A los quince años, me enviaron a Zaragoza a un colegio interno. El profe de Religión, un cura, nos habló un día de que Dios era uno y trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Levanté la mano y dije que no se puede ser tres cosas a la vez, que eso era una tontería. Tortazo y a callar.

  Tanto nos mandaron callar a fuerza de golpes que durante muchos años yo no abría la boca. Muchos pensarían que me faltaba un agua o un hervor. Era miedo, “mecachis en la mar”.

Evaristo Torres Olivas

lunes, 19 de octubre de 2026

El plural de respeto y cortesía y los diminutivos

Me he reído mucho con el artículo de don Enrique Domingo, publicado en este periódico el pasado día 19 de octubre. Lo titula El idioma de las residencias y lo firma como “escritor y director de una residencia de mayores”. Sugiero que en la próxima publicación añada el oficio de enterrador, por algo que explicaré al final. Cuenta don Enrique que, a un hombre de su residencia, de noventa y un años, una mujer le preguntó “cómo hemos dormido” y contestó que “yo no sé usted. Yo mal”. A mí me pasó algo parecido hace muchos años. Acudí a la consulta de una dermatóloga. Tenía un pequeño quiste en la espalda. Tras contárselo a la doctora, pronunció estas palabras: “Nos quitamos la ropa y nos tumbamos en la camilla”. Mi contestación: “Usted primero, doctora”. A menudo recuerdo el enojo de la dermatóloga y las risas de la enfermera.

  También nos recuerda don Enrique la costumbre de las residencias de llamar a las personas mayores con diminutivos: “Amparito” y “Vicentica”. Dice, y es verdad, que son apelativos cariñosos, sin ánimo de hacer daño. Aunque hay que tener cuidado porque en otros ámbitos, como en la política, se utilizan para ridiculizar al oponente: “las joyitas de Zapaterín” o “los chuches de Marianico”.

   Los más divertido del artículo de don Enrique Domingo es que después de advertirnos sobre el uso correcto de nuestra lengua, él incurre en el error. Escribe que “al hombre de los noventa y un años lo enterramos en febrero”. Lo más probable es que lo enterraran los empleados de la funeraria o los enterradores del cementerio. De no ser así, debería añadir a sus oficios de escritor y director de residencia el de enterrador. Se lo digo con mucho cariño, don Enriquito Dominguín.

Evaristo Torres Olivas

jueves, 15 de octubre de 2026

Javier Hernández-Gracia y el arte de escribir

¿Qué pensarían ustedes si alguien les arreglara un grifo y lo dejara con goteras? Si es un amigo que lo hace por ayudar, sin cobrar, pensarán que ha puesto su mejor intención y no se lo tendrán en cuenta. Pero si es un fontanero, que cobra por el trabajo, el enfado será la reacción más probable. ¿Por qué no sucede lo mismo en otras actividades? Por ejemplo, el periodismo.

  Javier Hernández-Gracia lleva mucho tiempo escribiendo en el Diario de Teruel y cobrando por sus colaboraciones. Pero deja goteras en cada una de sus intervenciones. En la última, Victor Soler, cuando el silencio es poesía, del pasado 14 de octubre, he detectado más de veinte errores ortográficos y sintácticos. Aquí van algunos. En el título escribe “Victor”, sin tilde; en el texto, unas veces lo escribe con tilde y otras sin ella, al tuntún. Lo mismo le ocurre con nubes en catalán, que tan pronto escribe “núvols” como “nubols”. Además de no dominar las tildes, tampoco controla la puntuación ni la concordancia entre sujeto y verbo.

  Podría ser tolerable si lo hiciera un aficionado, pero el señor Hernández se presenta como historiador del arte, y en las redes sociales escribe que, además de Historia del Arte en Valencia, estudió Periodismo en la Complutense de Madrid.

 El buen periodismo debe informar con objetividad y rigor, pero también cumple una función pedagógica: muchos lectores confían en los expertos para aprender las reglas gramaticales leyendo los periódicos. Si leen la siguiente frase del mencionado artículo de don Javier, “historiador del arte y periodista”, creerán que es correcta: “Sin embargo cada destello de color, me recordarán…”. Pero contiene tres errores: no poner una coma después de “sin embargo”, ponerla después de “destello de color, y conjugar el verbo en plural cuando el sujeto está en singular.

 Espero y deseo que esta carta al director se publique en el Diario de Teruel. Por el bien de los lectores y del periodismo.

Evaristo Torres Olivas