El pasado día 1 de agosto, don Raúl Blasco escribía una extensa carta al director en la que elogiaba los apodos o motes, una costumbre muy arraigada, especialmente en los pueblos. Decía cosas como que se convierten “en el mejor recordatorio de quién eres y de dónde vienes”. Añadía otros aspectos positivos como que “hemos aprendido a llevarlos con orgullo” porque “habla de nosotros, de quienes fuimos, de quienes somos, y sobre todo de quienes queremos seguir siendo”. Imaginen que el apodo es Antonio el Mentiroso. En este caso, nos dice don Raúl que fuimos mentirosos, somos mentirosos y queremos seguir siéndolo. La realidad es muy diferente. Hay apodos, los referidos a oficios de nuestros antepasados como Herrero, Albardero, Carretero, Modista o Lavandera o los que recogen cualidades agradables de las personas, Guapo, Lista, Honesta o Justo qué sí nos hacen sentir bien. Pero hay otros, muchos, demasiados, que reflejan que los humanos somos capaces de lo peor, en los pueblos y en las ciudades. No nombraré ninguno para no contribuir a la maldad. Son insultos, descalificaciones, agresiones al aspecto físico de las personas. Especialmente dañinos son para los niños, aunque el señor Blasco diga “que los más pequeños escuchen esos apodos con curiosidad y pregunten de dónde vienen”. Piensen un momento qué debe sentir una criatura cuando en el patio del colegio le insultan con uno de esos apodos feos, por llamarlos de alguna manera. Eso también es acoso, maltrato, bullying como se dice ahora. Motivo más que suficiente para que don Raúl Blasco no se alegre de que en un bar de su pueblo hayan colocado un cuadro con los motes de los vecinos, al que él llama “un homenaje silencioso a quienes levantaron este pueblo mucho antes que nosotros”. Espero que en ese “homenaje” solo estén los motes que aludan a los oficios decentes y a las cualidades positivas de sus antepasados. Los otros, los crueles y ofensivos, deberían archivarse en el cajón del olvido.
Evaristo Torres Olivas
