“Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto
es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio
y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas
pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo,
lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal
en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa,
que del lado bueno se encarga la oficina de prensa”
-Horacio Verbitsky,
periodista y escritor argentino

miércoles, 2 de junio de 2021

Feliz verano

 Durante un tiempo, este blog permanecerá inactivo. Necesito recuperarme de una reciente operación. Feliz verano a todas las personas que me leen.

lunes, 24 de mayo de 2021

La chispa de la vida frente a la alpargata

 Otra de las obsesiones de mi madre cuando vivíamos en Canadá, además de llevarme hecho un pincel con camisas blancas y pantalones de tergal, era la de comer como Dios manda, según sus palabras. Y Dios mandaba que se comiera lentejas con arroz, garbanzos, pollo guisado, estofado de carne y paella los domingos. De postre, fruta fresca y, en cumpleaños y ocasiones especiales, bizcocho o flan caseros. Para beber, agua del grifo. Algo muy diferente de lo que comían mis amigos canadienses cuando alguna vez me invitaban: pizza, pollo Kentucky y hamburguesas de McDonald´s. Coca-Cola y Seven Up. Marranadas, sentenciaba mi madre cuando se lo contaba. Muchos años más tarde, cuando las cadenas de comida rápida se establecieron en España, mi madre que ya vivía en Teruel seguía en sus trece: que la comida rápida es una porquería. Yo, por el contrario, hasta fechas no muy lejanas, me atiborré de todo lo que a mi madre le repugnaba, seguramente como consecuencia de las privaciones de mi infancia, de la manía de mi madre de obligarme a comer pollo guisado con verduras en lugar del suculento pollo frito Kentucky con patatas fritas para chuparse los dedos o una deliciosa pizza de cuatro quesos y dos latas de Coca-Cola, la chispa de la vida. Yo creo que el fallo de mi madre y de otras muchas madres estaba en que no sabían hacer buena publicidad de sus productos. Mientras las grandes marcas de comida y bebida nos engatusaban con frases como “el secreto está en la masa”, “destapa la felicidad”, “¡A que no puedes comer solo una!, “despierta a la vida” o “con el cariño de siempre”, en casa nos decían otras que, en lugar de hacernos felices, nos atemorizaban: “Cómete las lentejas o te quedas una semana sin tele”, “no me hagas quitarme la alpargata, termina los garbanzos”. Además, la comida rápida tenía una ventaja muy grande: llamabas por teléfono y te la traían a casa en menos de media hora, mientras que la comida de la madre había que ir al mercado, cargar con las bolsas, pasarte horas en la cocina y llenarlo todo de grasas y olores raros. Noto que me hago viejo porque ahora prefiero el pollo guisado al estilo de mi madre antes que las hamburguesas de McPollo. 

Evaristo Torres Olivas

¡ñam ñam!

miércoles, 19 de mayo de 2021

De pincel a escobilla

 Mediados de los sesenta. París. Yo tenía diez años. Nuestra casa de alquiler: una habitación de apenas veinte metros cuadrados. No teníamos baño, ni televisión, pero fui feliz al noventa y cinco por ciento. El cinco por ciento que faltaba fue culpa de mi madre y su manía por llevarme como un pincel. Así llamaba ella a vestirme con unos pantalones de tergal y una camisa blanca, o un traje que me hacían a medida todos los años durante las vacaciones de agosto en el pueblo. El traje de los domingos. Mientras, mis amigos vestían vaqueros y camisa de flores, algo que a mi madre le parecía de mal gusto. Frente a vestir como un pincel, lo de los vaqueros era ir de brocha gorda o de mocho de fregona. En resumen, de lunes a sábado pantalones de tergal y camisa blanca y los domingos, traje a medida de los sastres de mi pueblo, los Elíos. Cuando nos mudamos a vivir a Montreal, Canadá, la cosa no mejoró y los vaqueros seguían siendo para mi madre ropa de gente desharrapada. Mi señora madre era una maestra en el uso de las falacias argumentativas. Cuando le preguntaba por qué decía que esa ropa era propia de andrajosos, su respuesta era que porque lo decía todo el mundo. ¿Y quién es todo el mundo? Pues el tío Antonio y la tía Laura, sentenciaba. Cuando a los quince años me enviaron interno a un colegio de Zaragoza, lejos de la dictadura materna pude al fin vestir como a mí me gustaba.  Ya no iba como un pincel, ni siquiera como una brocha o un mocho: pasé directamente a escobilla de baño. Vaqueros raídos, camisetas descoloridas, zapatillas tricolores y gorras escocesas con pompón. En poco tiempo, de pimpollo y figurín a adefesio. Y ese mal gusto me ha acompañado desde entonces. Durante los años en que debido al trabajo tenía que ir con traje y corbata, me sentía como con un disfraz y no dejaba de acordarme de los domingos de París jugando en la calle con el traje a medida de los Elíos. Así que mi recomendación a todas las madres: si queréis que vuestros hijos vayan como un pincel de mayores, obligadles a vestirse como pordioseros: los niños son rebeldes y de mayores harán todo lo contrario de lo que se vieron forzados a hacer en la infancia y adolescencia.

Evaristo Torres Olivas