A mí no se me ocurre meter en una caja fuerte los regalos de cortesía personal. Reconozco que me han regalado bolígrafos, mochilas y agendas. No los he declarado a Hacienda. Entono el mea culpa: por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Al principio, cuando me preguntaban de dónde los había sacado, contestaba que provenían de una herencia. Pero como la conciencia me remordía, decidí contar la verdad: que eran “regalos de cortesía personal”, sin especificar de quién los había recibido. He hecho lo mismo que el expresidente Zapatero, con una salvedad: no meter las cortesías personales en una caja fuerte. La razón está muy clara: mis regalos suman escasamente los cien euros y los de Zapatero están tasados en un millón trescientos mil euros, así, escrito en letras para que se note que es una cantidad muy grande. Para que se entienda mejor: mis regalos representan una parte muy pequeña de mi modesta pensión anual y las cortesías personales a Zapatero suman 16 veces su salario de cuando era presidente del Gobierno. Recomendaría a Zapatero y a su defensor Pedro Sánchez Pérez-Castejón que pusieran las cosas en su sitio. Utilizar las palabras adecuadas ayuda a aclarar las cosas. Si en lugar de “regalo de cortesía”, utilizaran la expresión “indemnización en diferido” o “novación contractual”, los ciudadanos lo entenderíamos mucho mejor. Sería el no va más y el non Plus Ultra. Una versión veraz. O Ferraz.
Evaristo Torres Olivas
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