Nuestros padres y nuestros profesores estaban equivocados, muy equivocados. Que si no hay que decir palabrotas, que si no insultes nos decían. Para poder convencer y persuadir hay que formarse, utilizar la razón y la lógica y recurrir a las emociones; buscar el equilibrio, cultivar el ingenio y evitar la vulgaridad. Nos calentaban la cabeza con un tal Aristóteles. Teníamos que decir ¡ostras!, ¡jolines!, ¡me cachis en la mar!, para no ser castigados o quedarnos sin postre y sin propina. Para ser hombres y mujeres de provecho, nos repetían a todas horas. Estaban errados (muy herrados, con hache). Estudiar no sirve para nada, ni tampoco razonar mediante hechos y evidencias y menos aún la templanza. Yo me he dado cuenta tarde, pero aún estoy a tiempo para cambiar. ¿Quiénes triunfan hoy en la política y en los medios de comunicación? Los insultadores y vocingleros. A partir de hoy llamaré “mierda” y “rata” a quien “me salga del nabo”, como mis admirados Santiago Abascal y Federico Jiménez Losantos, mi paisano turolense. Y si alguien se queja porque le he llamado “hijo de puta”, le contestaré que está más sordo que una tapia y no se ha enterado de que “me gusta la fruta”. Sí, a partir de ahora seré “el puto amo”.
Evaristo Torres Olivas
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