Con motivo de la muerte de José Antonio Labordeta, hemos podido leer y escuchar que casi todos los políticos se declaraban amigos íntimos de Labordeta y sabiendo que el difunto no les iba a desmentir, se han atrevido a inventarse historias y proyectos junto a él. Es una forma como otra cualquiera de darse importancia cuando no se tienen otros méritos para destacar.
Yo, que también soy insignificante, hoy quiero darme un baño de importancia a costa de Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura. Conozco a don Mario y sé dónde vive. Como lo oyen. Ya lo conté aquí hace un par de años, pero entonces el peruano no era premio Nobel y nadie se asombró ni me entrevistó cuando se enteró. Ahora va a ser diferente, lo sé. Al igual que ha sucedido con Labordeta, que daba la sensación de que el protagonista no era él sino los que se fotografiaban junto al ataúd, yo también quiero que piensen que el premio Nobel de Vargas Llosa es como si me lo hubieran dado a mí.
Conocí al autor de Conversación en La Catedral en el Café del Prado, situado a unos metros de la Plaza de Santa Ana de Madrid y del Teatro Español. Un antiguo café con mesas de mármol, sofás de terciopelo, piano y camareros con mandil. Ahora se ha convertido en un bar de esos de tapas y se jodió el encanto. Iba yo casi todos los días a tomar café y a leer la prensa. Y en algunas ocasiones coincidí con don Mario. También con Isabel Coixet; pero eso lo contaré otro día, cuando le den un Oscar de “Jolibú”. Nunca cruzamos una palabra, más que nada porque yo lo veía muy atareado en su rincón y a los genios no hay que molestarles cuando están creando. Un día, sin embargo, nos encontramos mirando los escaparates de una librería de viejo de la calle Espoz y Mina. Le saludé con un buenos días, don Mario, y él me contestó con unas palabras que me tienen intrigado desde entonces: ¡Qué pequeño es el mundo! Algo querría decirme con eso, aunque yo no lo haya descifrado todavía. Después lo seguí sigilosamente por la Puerta del Sol y la calle Arenal, hasta que atravesó el portón de su casa. Y fíjense adónde hemos llegado desde entonces: a que nos den el Nobel. ¡Quién nos lo iba a decir a nosotros!
Evaristo Torres Olivas. Villarquemado
DdT 9/10/2010
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2 comentarios:
Puestos a presumir te diré que hace un montón de años vi pasear por las Ramblas de Barcelona a Vargas LLosa, García Márquez y José Donoso con sus respectivas esposas...
Y ya en un alarde de vanidad te remito a esta entrada: "En casa de Gabriel García Márquez.
http://lperezcerra.blogspot.com/2007/09/en-casa-de-gabriel-garca-mrquez.html
Aprovecho para decirte que sigo tu bitácora con mucho interés.
Un cordial saludo
Joder, pues difunde que gracias a ti le dieron el Nobel a Gabo. Ya somos dos los que hemos conseguido el Nobel sin que nadie nos lo reconozca. Así es este país y esta tierra nuestra.
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