“Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto
es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio
y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas
pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo,
lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal
en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa,
que del lado bueno se encarga la oficina de prensa”
-Horacio Verbitsky,
periodista y escritor argentino

viernes, 6 de agosto de 2010

Milagro, milagro

Escribía hace unos días Manuel Vicent que en los años ochenta, en Portugal, conoció a una anciana muy elegante. En el café A Brasileira de Lisboa. El mismo en el que Fernando Pessoa pimplaba absenta. Esa ancianita, inglesa, se llamaba Mary Wilkin. En 1917 se había casado con un topógrafo portugués y acompañó a su marido a un pueblo cerca de Fátima. Mientras el marido hacía los cálculos, la joven, guapa, y pelirroja, con un vestidito blanco y un chal azul, se dedicaba a buscar florecillas por el campo. Sorprendida por una tormenta, se subió a un árbol. Entonces aparecieron tres pastorcillos, la vieron y se montó el belén que todos conocemos. Milagro, milagro. El efecto sobre los pastorcillos debió de ser el mismo que nos producía a los de Villarquemado, en los años sesenta, la visión de las franchutas que se bajaban de un haiga en pantalón corto, exhibiendo melena rubia y muslamen (palabra incorporada estos días al diccionario de la RAE).

John Allen Paulos, un matemático muy listo y muy gracioso, que escribe libros de divulgación, cuenta en uno de ellos que siempre que ocurre algún desastre natural aparecen unos mendas y unas mendas que afirman que tuvieron sueños proféticos, en los que aparecía con nitidez y detalle todo lo ocurrido días después. Teniendo en cuenta que una persona sueña una media de dos horas por noche, multipliquen dos horas por los miles de millones de habitantes de la tierra, y verán que el que alguien en algún lugar sueñe algo que después ocurre, no tiene nada ni de profético ni de milagroso. Para expresarlo más sencillamente, supongamos que se le asigna a un grupo de diez personas que adivine semanalmente la terminación del gordo de la lotería. Cada uno de los miembros de ese grupo sólo puede elegir un número del cero al nueve, sin que ninguno se repita. Semana tras semana, veremos cómo algún miembro del grupo acierta la terminación del gordo. Milagro, milagro.

Y son estas coincidencias, que nada tienen de milagrosas, sobre las que se han montado negocios que llevan siglos vendiéndonos su humo.

Evaristo Torres Olivas. Villarquemado
DdT 6/8/2010

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