“Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto
es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio
y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas
pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo,
lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal
en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa,
que del lado bueno se encarga la oficina de prensa”
-Horacio Verbitsky,
periodista y escritor argentino

lunes, 19 de octubre de 2026

El plural de respeto y cortesía y los diminutivos

Me he reído mucho con el artículo de don Enrique Domingo, publicado en este periódico el pasado día 19 de octubre. Lo titula El idioma de las residencias y lo firma como “escritor y director de una residencia de mayores”. Sugiero que en la próxima publicación añada el oficio de enterrador, por algo que explicaré al final. Cuenta don Enrique que, a un hombre de su residencia, de noventa y un años, una mujer le preguntó “cómo hemos dormido” y contestó que “yo no sé usted. Yo mal”. A mí me pasó algo parecido hace muchos años. Acudí a la consulta de una dermatóloga. Tenía un pequeño quiste en la espalda. Tras contárselo a la doctora, pronunció estas palabras: “Nos quitamos la ropa y nos tumbamos en la camilla”. Mi contestación: “Usted primero, doctora”. A menudo recuerdo el enojo de la dermatóloga y las risas de la enfermera.

  También nos recuerda don Enrique la costumbre de las residencias de llamar a las personas mayores con diminutivos: “Amparito” y “Vicentica”. Dice, y es verdad, que son apelativos cariñosos, sin ánimo de hacer daño. Aunque hay que tener cuidado porque en otros ámbitos, como en la política, se utilizan para ridiculizar al oponente: “las joyitas de Zapaterín” o “los chuches de Marianico”.

   Los más divertido del artículo de don Enrique Domingo es que después de advertirnos sobre el uso correcto de nuestra lengua, él incurre en el error. Escribe que “al hombre de los noventa y un años lo enterramos en febrero”. Lo más probable es que lo enterraran los empleados de la funeraria o los enterradores del cementerio. De no ser así, debería añadir a sus oficios de escritor y director de residencia el de enterrador. Se lo digo con mucho cariño, don Enriquito Dominguín.

Evaristo Torres Olivas

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