Me he reído mucho con el artículo de don Enrique Domingo, publicado en este periódico el pasado día 19 de octubre. Lo titula El idioma de las residencias y lo firma como “escritor y director de una residencia de mayores”. Sugiero que en la próxima publicación añada el oficio de enterrador, por algo que explicaré al final. Cuenta don Enrique que, a un hombre de su residencia, de noventa y un años, una mujer le preguntó “cómo hemos dormido” y contestó que “yo no sé usted. Yo mal”. A mí me pasó algo parecido hace muchos años. Acudí a la consulta de una dermatóloga. Tenía un pequeño quiste en la espalda. Tras contárselo a la doctora, pronunció estas palabras: “Nos quitamos la ropa y nos tumbamos en la camilla”. Mi contestación: “Usted primero, doctora”. A menudo recuerdo el enojo de la dermatóloga y las risas de la enfermera.
También nos recuerda
don Enrique la costumbre de las residencias de llamar a las personas mayores
con diminutivos: “Amparito” y “Vicentica”. Dice, y es verdad, que son
apelativos cariñosos, sin ánimo de hacer daño. Aunque hay que tener cuidado
porque en otros ámbitos, como en la política, se utilizan para ridiculizar al
oponente: “las joyitas de Zapaterín” o “los chuches de Marianico”.
Los más divertido
del artículo de don Enrique Domingo es que después de advertirnos sobre el uso
correcto de nuestra lengua, él incurre en el error. Escribe que “al hombre de
los noventa y un años lo enterramos en febrero”. Lo más probable es que lo
enterraran los empleados de la funeraria o los enterradores del cementerio. De
no ser así, debería añadir a sus oficios de escritor y director de residencia
el de enterrador. Se lo digo con mucho cariño, don Enriquito Dominguín.
Evaristo Torres Olivas

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