Reproduzco lo que doña Yolanda Serrano Albero opina sobre mí en un comentario a mi anterior columna: “Tú como siempre dando lecciones, que ego tan desarrollado tienes, allí dónde vas llevas discordia, no sabes como hacer que te presten atención y optas por la crítica. Tú siempre igual NO A TODO, TODO ESTA MAL, solo tú dices y haces bien las cosas. Te conocemos y te conozco”. Si uno opina y critica, se expone a que le critiquen también. Nada que objetar, esas son las reglas de la libertad de expresión. Pero no todas las críticas tienen el mismo valor ni merecen la misma consideración. A mí las palabras de doña Yolanda me producen risa. Mucha risa. No piensen que lo mío es masoquismo y que disfruto si me ponen a caer de un burro. Por un lado, valoro que la señora Serrano opine sobre mí con su nombre y apellidos, cosa que otros no hacen y se esconden en el anonimato. Por otro lado, oculta algo muy importante: que es la madre del senador Joaquín Egea Serrano, de Teruel Existe. En la columna en la que me pone como chupa de dómine, opino sobre la presentación de la candidatura de Teruel Existe en Utrillas. Doña Yolanda, madre coraje, no puede tolerar que se critique al partido de su hijo. Su hijo y su partido son sagrados y quien se arriesgue a hacerlo debe enfrentarse a la madre de la criatura. Tampoco admite la crítica a otro de sus amores: Podemos, partido en el que milita su cuñada, la diputada Marta Prades. Ambos, el hijo y la cuñada se presentan como cabezas de lista a la alcaldía de Alcañiz, por partidos diferentes. El hijo era de Podemos, un partido de clase, de los de abajo, pero ahora es de Teruel Existe, que no es de los de abajo ni de los de arriba, sino transversal. Pero esas contradicciones a una madre le traen sin cuidado. A un hijo se le quiere con todos sus defectos y más si ve la nómina que recibe todos los meses. Por todo lo anterior, las palabras que me dirige la señora Serrano me producen risa. No se le puede reprochar que por su hijo esté dispuesta a hacer el ridículo. Así son las madres. Si viviera la mía, seguro que se habría puesto hecha una furia, un basilisco, una hidra ante los ataques de doña Yolanda a su querido hijo, fruto de sus entrañas. Yo.
Evaristo Torres Olivas
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