“Un cliente puede tener su automóvil del color que desee, siempre y cuando desee que sea negro”, decía Henry Ford. Nuestros dirigentes de los partidos políticos se han apropiado de la frase de Ford para adaptarla a sus intereses: “Los ciudadanos pueden votar a los candidatos que deseen siempre y cuando sean los que figuran en la lista y en el orden que nosotros hemos decidido”. Una segunda versión de la misma idea sería: “Nuestros diputados pueden votar en los parlamentos según les dicte su conciencia siempre y cuando el dictado de su conciencia coincida con lo que diga el jefe del grupo parlamentario”. Si la conciencia no coincide con lo que dice el jefe, el diputado se arriesga a no aparecer más veces en las listas electorales en el orden que deciden los de la cúpula del partido. Todo atado y bien atado. Y funciona porque muchísimos diputados renuevan el escaño, legislatura tras legislatura, hasta la jubilación. Este sistema puede parecer poco democrático, pero es muy práctico: no necesita que sus señorías sean expertas en nada ni que tengan mucha experiencia. Ni siquiera hay que saber leer: solo tener buena vista o llevar unas buenas gafas y no ser daltónico. El panel de votación del Congreso cuenta con cuatro botones. Los botones verde, rojo y amarillo son para votar “sí”, “no” y “abstención”, respectivamente. El botón blanco, separado de los otros tres, es el botón de presencia. A cada pregunta, el diputado debe mirar al portavoz de su partido antes de pulsar un botón. El número de dedos levantado indica si hay que votar "sí", "no" o "abstención" (si enseñan uno, dos o tres dedos, respectivamente). Puesto que en cada grupo todos votan lo mismo, se me ocurre una idea para, en estos tiempos de crisis, aligerar la carga de las arcas públicas: reducir el número de diputados a una treintena de miembros. Ese número es más que suficiente para escenificar que nuestros diputados pueden votar según les dicte su conciencia siempre que lo que le diga su conciencia coincida con los dedos que levante el portavoz del partido. El dinero ahorrado iría a parar a Educación, pensiones o Sanidad. O a asfaltar la carretera de Cella a Celadas, que está hecha un asco.
Evaristo Torres Olivas

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