Me cuesta entender a las personas que, para defender sus ideas, aficiones, gustos o preferencias, insultan a quienes no piensan como ellos. Y me resulta más incomprensible si quien lo hace tiene una sección fija en un medio de comunicación. Es el caso de Francisco Belmonte, que coordina la sección de tauromaquia del Diario de Teruel y escribe un artículo de opinión, El puyazo, todas las semanas. En el último, del pasado sábado 13 de noviembre, recurre a la descalificación de los que llama “sectarios que adoctrinan” y que “profesan la nueva religión del animalismo mascotista que bendice al Pato Donald y santifica a Rin Tin Tin”. Mezcla la afición a los toros del poeta García Lorca con su condición de homosexual. A quien se atreva a recomendar algún libro que critique las corridas de toros, lo llama “pseudo intelectual casposo”. Y también “nuevo inquisidor”. Recurre a una encuesta del Ministerio de Cultura para decirnos que el aficionado a los toros es más culto porque “lee más, escucha más música, visita más teatros y pisa más museos que otros españoles”. Ignoro si es así, pero lo que sí sé es que, entre los toreros, banderilleros y picadores, salvo algunas excepciones, no da la impresión de que hayan leído mucho, visitado muchos museos o pisado muchos teatros. Pero don Francisco insiste en que los toros son cosa de intelectuales y gente de bien y para ello nos dice que, además de García Lorca, fueron o son muy aficionados al toreo “Picasso, Goya, Ortega y Gasset, Rafael Alberti, Sabina, Serrat…”. A Quevedo, Joaquín Costa, Unamuno, Ramón y Cajal, Jovellanos, Blasco Ibáñez, Antonio Machado, Pío Baroja, Azorín o Juan Ramón Jiménez, entre otros, a quienes no les gustaban nada los toros, habría que colocarlos, según el señor Belmonte, en la lista de los sectarios que adoctrinan, animalistas mascotistas, pseudointelectuales casposos, inquisidores y tontos de capirote que leían poco y mal, no pisaron en su vida un museo y lo del teatro les parecía una pérdida de tiempo. Para don Francisco, la fiesta de los toros es una de las bellas artes. Para mí, un espectáculo repugnante. Pero no por ello lo llamo asesino, cavernario, psicópata ni paleto, palabras que él utiliza con mucha ligereza.
Evaristo Torres Olivas

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