Evaristo Torres Olivas
miércoles, 15 de junio de 2011
Atención al cliente
No es fácil a veces encontrar un nombre para identificar a alguien. ¿Cómo llamo a la madre de mi novia? ¿Suegra, futura suegra, señora con bigote? Está claro que si yo compro habitualmente en una tienda, soy cliente de esa tienda pero ¿qué pasa si sólo voy a mirar y a enterarme de los precios? ¿Soy un cliente potencial, un futuro cliente, un señor con pelos en las orejas? Todo esto lo cuento porque el Diario de Teruel publicaba hace unos días una noticia en la que se nos informaba de la puesta en marcha del tanatorio-crematorio de Alcañiz. La periodista, M.S. Timoneda, cita las palabras de los empresarios del sector (llamarlo negocio no parece que sea apropiado ni tampoco respetuoso). Entre ellas, éstas: “El uso del crematorio está, aseguraron los representantes de las funerarias, garantizado, puesto que “todos tenemos clientes que prefieren la incineración”, dijo José María Jover, de San Macario”. Aquí se plantea un problema gordo. Si alguien vivo va a la funeraria, encarga y paga el cajón y el resto de los servicios que se prestarán en el futuro, se puede decir que es un cliente. Pero si solo van a preguntar, la palabra cliente no es la más adecuada. Dependiendo del estado de salud que presenten cuando van a la funeraria, los podríamos denominar moribundos, si se les ve muy hechos polvo o morituri (los que se van a morir, como eso que nos decían en la escuela, ave, imperator, morituri te salutant) si por su aspecto no se pude precisar la fecha del último viaje. Además surgen otro tipo de problemas. Supongamos que alguien, un cliente, contrata su muerte en vida. Se muere y la familia reclama que la calidad del servicio prestado no se corresponde con lo prometido al cliente muerto. El único que podría reclamar es el fallecido, el destinatario del servicio. Sería como si yo me comprara un traje en las rebajas de El Corte Inglés y fuera mi vecino a quejarse de que no me sienta bien. Yo creo que la mejor manera de evitar este tipo de conflictos consistiría en que, por ley, se obligara a las funerarias a tener una oficina de reclamaciones o de atención al muerto en el lugar de destino. En el más allá. Eso sí, los familiares deberán asegurarse, en tal caso, de meter en el ataúd la factura y el DNI. Sin tique no se admite ninguna reclamación ni se devuelve el dinero.
Evaristo Torres Olivas
Evaristo Torres Olivas
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A estacazo limpio
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1 comentario:
Lástima que el usuario no pueda probar el servicio antes de pagarlo...
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