Si colocamos juntas dos palabras o expresiones de significado opuesto, nos encontramos frente a la figura retórica del oxímoron. Silencio atronador pone de ejemplo la Real Academia Española. Aduaneros sin fronteras pongo yo, como ejemplo de una posible oenegé absurda. La Iglesia es muy fan del oxímoron para vendernos su mercancía. Empezando por la Inmaculada Concepción, la Guerra Santa o la vida después de la muerte. Y siguiendo con el donativo obligatorio con el que te conmina a remunerar cualquier servicio que te presta, que debería ser gratuito, ya que el Estado, es decir, nosotros, los ciudadanos, subvencionamos a la Iglesia con nuestros impuestos. Y un donativo obligatorio es lo que ha cobrado la Iglesia a los miles de asistentes a la ceremonia de beatificación de fray Leopoldo de no sé qué, en una base aérea de Granada. Allí, un arzobispo o cardenal, enviado especial del Papa, se ha despachado a gusto recordando los asesinatos de curas y monjas durante la Guerra Civil y callando como un puto todas las atrocidades cometidas por el otro bando, en el que la Iglesia tuvo un papel muy activo, antes, durante y después de la guerra. Por lo visto, en el proceso de beatificación fue decisivo el milagro que se le atribuye a fray Leopoldo: curar a una mujer de una enfermedad letal, un lupus. Y yo me pregunto ¿qué diríamos si un oncólogo descubre un remedio para curar un cáncer y lo aplica solamente a una persona? ¿O si un investigador diseña una vacuna capaz de erradicar el sida y decide que solo se la administra a su vecina? Seguro que ni les dan el Nobel ni les erigen una estatua en la plaza del pueblo. Pues el fray Leopoldo ese y muchos otros santos milagreros se han inflado a descubrir y a diseñar vacunas y remedios que sólo salvaron a una persona. En la vida civil, tal actitud merecería el mayor desprecio pero para la Iglesia esas actitudes son motivo de ascenso a los altares. Los enfermos de lupus, sus familiares y amigos deberían organizar una visita al lugar en el que se conservan los restos del metatarso del pie derecho del beato y, a grito pelado, poner al Leopoldo ese de vuelta y media o como hoja de perejil.
Evaristo Torres Olivas. Villarquemado
viernes, 22 de octubre de 2010
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