Publica el rotativo alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung un artículo frívolo sobre la vestimenta de las políticas y políticos del PSOE y la vicepresidenta de la Vega se rebota. Lo de siempre, que si a las personas se las juzga por lo que hacen y no por su aspecto físico y que si el hábito no hace al monje. Vale. Pero joder, que se apliquen el cuento. Todavía circula por la red un video de las Juventudes Socialistas en las que se hace una parodia del Busca palabra. Aparecen una chica pizpireta, del PSOE por supuesto, y un merluzo del PP al que le han colocado un niqui de Lacoste con un “ardacho” diez veces el tamaño normal para producir más descojone. ¡Ay, qué risa, Basilisa! Todos recordamos aquel video que se distribuyó hasta la saciedad, Amo a Laura, y que era una campaña publicitaria para promocionar una cadena de música. Los cuatro pijitos que cantaban “amo a Laura pero esperaré hasta el matrimonio”, iban vestidos con ropa que normalmente se asocia con las personas adineradas de ideología conservadora. Hace unos días, asistí a un curso en el que un profe de sociología nos habló de las clases sociales. Sostenía que las clases sociales se habían diluido y que era necesario volver a reclamar la identidad de clase, especialmente por los partidos de izquierda. A continuación intervino un conocido político que demostró no haber entendido nada de lo que contó el conferenciante. Dijo textualmente: la culpa de que no se hable de clases la tenemos la clase política. Con dos cojones. Y ese es el problema, que la descafeinada izquierda que nos gobierna cree que se puede ser de izquierdas y viajar en Audi, ponerse vaqueros de Boss de trescientos euros, gafas de Dolce&Gabanna y beberse una botella de vino de doscientos euros con cargo al erario. Tal vez los políticos entiendan que esos son los distintivos de su clase, la clase política. Pero que no se extrañen que los ciudadanos de izquierda no lo entendamos. No es comprensible que los políticos de los partidos que dicen representarnos y que llevan en sus siglas la palabra obrero, vistan y se comporten como señoritingos y señoritingas. Qué fuerte, o sea. “Amo a Laura, quisiera besarla pero no ensuciarla. No voy a arrancar esa flor que la destruya. No seré yo”.
Evaristo Torres Olivas. Villarquemado
DdT 2/10/2010
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