“Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto
es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio
y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas
pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo,
lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal
en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa,
que del lado bueno se encarga la oficina de prensa”
-Horacio Verbitsky,
periodista y escritor argentino

sábado, 24 de julio de 2010

Descontrol y corrupción

Hace unos días escribí un faldón comentando las palabras del consejero de la Presidencia y del diputado y alcalde de Teruel en el pleno de las Cortes de Aragón. El primero dijo que el Gobierno no tenía ninguna responsabilidad sobre los mangoneos de La Muela porque “no tiene ningún mecanismo para controlar a ningún alcalde que quiera cometer un delito”; y el segundo afirmó que en todos los partidos hay garbanzos negros. Quizás, sin ellos pretenderlo, nos dieron la clave de por qué estamos donde estamos, con unas tasa de desempleo a la cola de toda la UE y siendo de los últimos en recuperarnos de la crisis. Descontrol y corrupción. Esas son las dos causas principales. ¿Cómo hemos funcionado hasta que llegó la crisis? Por encima de nuestras posibilidades. ¿Somos una potencia industrial? No. Aquí ensamblamos coches pero los diseñan los franceses, los alemanes y los japoneses. Ellos ponen el talento y nosotros los brazos. También hemos construido muchas casas, que igualmente requieren poca cabeza y muchos riñones. ¿Y por qué se han construido tantas casas? Pues porque era muy rentable para los especuladores, los bancos y los políticos. Y para las mafias: no es casualidad que las organizaciones mafiosas abunden precisamente allí donde la construcción ha hecho mayores estragos. Marbella por ejemplo. Gracias a la construcción descontrolada, los ayuntamientos se han financiado, muchos alcaldes se han enriquecido y los partidos políticos se han forrado. Los bancos concedían créditos sin ton ni son, la ciudadanos se compraban casas con dinero que no tenían, con la convicción de que con la subida sin fin de los pisos podrían venderlos en poco tiempo, devolver el dinero de la hipoteca, pagar los intereses al banco y sacarse un beneficio. Especulación. ¿Y qué han hecho los Gobiernos? En lugar de mejorar los sistemas de control, modificar las leyes de financiación de los partidos y de las administraciones locales, no han hecho nada. Porque les conviene para financiar sus campañas electorales. Cuando todo se ha ido al carajo y se les pide responsabilidades, lo único que pueden contestar es que ellos no tienen ningún control sobre lo que hacen los ayuntamientos, que en todos los partidos hay garbanzos negros o que “la corrupción es consustancial a las instituciones”, como dice la lideresa Aguirre, lo cual no deja de ser otra forma de corrupción, no la de echarse los dineros a los bolsillos, pero sí la de pudrir y viciar la esencia de la Democracia.

Otra de las excusas que utilizan los políticos para quitarse responsabilidad es que la crisis nos viene de fuera, que todo es culpa del sistema capitalista, de las subprime y de los cabrones de los americanos, como si los bancos europeos no hubieran comprado los bonos envenenados o no hubieran recurrido a endeudarse en los mercados internacionales de dinero barato. ¿Y qué hacían entonces los gobiernos? Mirar para otro lado. Y si la ortodoxia capitalista proclama que, en un sistema de libre mercado, los gobiernos no deben intervenir en los mercados, al menos que fijen las reglas de juego y pongan los controles necesarios. Si la economía es un coche que circula por donde el dueño quiere, al menos que los gobiernos pongan carreteras adecuadas, señales de tráfico y pruebas de alcoholemia para que viajar en coche no consista en jugarse la vida en el asfalto.

Finalmente hay otro aspecto a considerar y que para entenderlo solamente se necesitan las cuatro reglas. Si nos fijamos en la composición de la población de cualquier sociedad capitalista, veremos que se compone, grosso modo, de jubilados, parados, funcionarios y personas que trabajan en la empresa privada. Los dos primeros suponen un gasto para el estado. Lo ideal sería un estado con una población joven y sin paro. Pocos jubilados y pocos desempleados es igual a poco gasto. Lo de los funcionarios no es bueno ni malo. Depende, que dicen los gallegos y la canción de Jarabe de palo. ¿Y de qué depende? Del trabajo que realicen. Si producen o no producen. Si están siete para hacer el trabajo de uno, claramente son improductivos. Si se les paga por ocho horas y trabajan dos, son improductivos. Si trabajan mucho pero su tarea consiste en rellenar papeles innecesarios, lavar los coches oficiales de los políticos, esperar a los jefes sentados en el Audi mientras los señoritos y las señoritas dan cuenta de un asado, regado con vino gran reserva y contando chistes, también son improductivos. Y hablando de los políticos, a los que en España podríamos asimilar a los funcionarios, puesto que el origen laboral del setenta por ciento, aproximadamente, de nuestros parlamentarios es el sector público, cada vez que sus partidos los ponen a dirigir instituciones o a ocupar puestos para los que no tienen ni la formación ni la experiencias necesarias, también son improductivos. Como ven, en el caso de los funcionarios y políticos, estamos hablando de cosas concretas: productividad, eficiencia, optimización de recursos, transparencia. Pues bien, si nos fijamos de la distribución de la población española en las cuatro categorías, veremos que la de los que trabajan en la empresa privada es igual, aproximadamente, a la suma de las otras tres: es decir que jubilados, parados y funcionarios, el 50 por ciento de la población, depende de los ingresos que le proporciona la otra mitad. Y eso es insostenible. Las soluciones para modificar esas proporciones son varias. Y de hecho, en los últimos tiempos algunas ya ha sido motivo de polémica. Se puede retrasar la edad de jubilación. De esa manera, se aporta durante más tiempo a la caja del Estado y se tarda más en consumir recursos de esa caja. Es la solución más fácil y más injusta también. Otra posibilidad consiste en racionalizar el trabajo de los funcionarios para que sean más productivos y más eficientes. Por ejemplo, destinándolos a controlar el fraude: economía sumergida, profesionales que no emiten factura y no pagan impuestos, empresas que contratan trabajadores y no los dan de alta, inspecciones para verificar que se cumple la normativa sobre seguridad para prevenir accidentes y evitar muertes, eliminando burocracia innecesaria, simplificando procesos. Si nos fijamos en la multitud de administraciones estatales, autonómicas, comarcales y locales, veremos que hay redundancias, duplicidades, falta de contenido de algunas, que se llenan de funcionarios innecesarios y le complican la vida al ciudadano. Poner orden en todo eso es técnicamente sencillo. Sólo se necesita voluntad política pero hasta la fecha ningún gobierno, ni de derechas ni de izquierdas, se ha atrevido a lidiar con ese toro. Si lográramos que menos funcionarios prestaran más y mejores servicios, el estado podría ahorrarse unos cuantos millones. Pero para eso, se necesitarían políticos capaces, con experiencia, con formación y visión de futuro, con menos ideología y más competencia técnica. Pero los que tenemos son unos mediocres e incompetentes, tanto en el Gobierno como en la oposición, incapaces de ponerse de acuerdo sobre un sistema educativo que forme a ciudadanos preparados para diseñar coches, investigar y desarrollar medicamentos, mejorar procesos que aumenten la productividad. Ciudadanos capaces de darse cuenta de que Fernando Alonso o Dani Pedrosa no son unos héroes sino que el mérito es de los que conciben, diseñan y fabrican los coches y las motos que venden en todo el mundo.

Lo que resulta incomprensible es que partidos y políticos que defienden la economía de mercado, cuando hay crisis echen la culpa a los mercados. La culpa es de los mercados y el pueblo siempre tiene razón suelen ser sus argumentos. Pues ni todos los mercados son iguales ni el pueblo tiene razón siempre. El pueblo es un concepto abstracto, en el que se quiere meter tanto a ciudadanos con criterio, formados e informados, como a los seguidores del Diario de Patricia o de Gran Hermano. Y a cien mil personas llamando hijo de puta a un árbitro o mono a un jugador negro, también los meten en el paquete de pueblo aunque debería llamarse chusma. Y esa chusma no tiene razón. Tal vez sea cierto que España no es Grecia ni Portugal. Pero nos falta mucho para ser como Alemania o como Suecia. Y en tasas de desempleo no solamente superamos a toda Europa, sino también a Túnez y a Marruecos; pero estamos por debajo de Zambia y de Zimbabue, las cosas como son.

Evaristo Torres Olivas. Villarquemado

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