“Nuestras democracias se sustentan sobre un principio básico: la libertad de opinión. Sin libertad para opinar, nuestra democracia será menos democrática. Si mandamos callar o cancelamos a alguien, estamos dañando a nuestra democracia.” Hermosas palabras de don Ignacio Urquizu en un diario de tirada nacional. Pero entre lo que se dice y lo que se hace hay una gran diferencia. Urquizu, alcalde, senador, diputado y otros cargos en el PSOE y que presume de currículum académico, es un claro y contundente ejemplo. Si tan defensor es de la libertad de expresión, ¿por qué no dijo nada cuando el presidente de la Diputación de Teruel y del Diario de Teruel, el socialista obrero español Antonio Arrufat, ordenó que yo no escribiera ni una columna más en el periódico? Exactamente lo que Urquizu califica como daño a la democracia: mandar callar y cancelar a alguien. Aunque ese alguien sea un “mindundi” de pueblo como yo. Para darse importancia, cita al filósofo francés Bernard Manin; creo que le sería de más provecho recurrir al refranero y aprendería que del dicho al hecho hay un trecho, que predicar no es dar trigo, que obras son amores, que el papel lo aguanta todo y en casa del herrero, cuchillo de palo.
Evaristo Torres Olivas

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